As the world falls down

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Ante la perspectiva de un mundo que se viene abajo, cabe preguntarse acerca de la trascendencia que tiene el revuelo producido por el proyecto de adecuación (cierre) de un museo local de Arte Contemporáneo como el Marco de Vigo. Declaraciones de afecto al extinto proyecto, intervenciones incendiarias del Alcalde de Vigo, la ​dimisión en diferido del actual Director, o varios comunicados a favor del Museo incluidas dos peticiones de firmas en internet ​constituyen la impotente reacción del sector del Arte Contemporáneo, ante el secuestro de la segunda institución artística más importante de Galicia. Sin embargo, la instrumentalización política de las instituciones culturales, la necesidad de espacios que atiendan a prácticas artísticas actuales o el habitual divorcio de este tipo de instituciones de su contexto social son cuestiones centrales para el análisis del agotamiento de un modelo cultural que ya no se relaciona con su mundo. El cierre del Marco de Vigo como museo de Arte Contemporáneo es una coyuntura perfecta para reflexionar sobre el tránsito pendiente, en​ ​Arte,​ ​entre​ ​el​ ​siglo​ ​XX​ ​y​ ​el​ ​siglo​ ​XXI.

Inaugurado en noviembre de 2002, el MARCO es un museo situado en el epicentro urbano de la ciudad de Vigo, en un equivalente vigués a la Rambla de Barcelona o a la Calle Preciados de Madrid; un espacio preferente de la ciudad dedicado al Arte Contemporáneo en condiciones de recibir miles de visitas que, salvo en algunas inauguraciones y actos puntuales, permanece, como tantos otros centros, prácticamente vacío. Este es el argumento utilizado por Abel Caballero, Alcalde de Vigo, para justificar la transformación del museo de Arte Contemporáneo en museo de Arte Moderno, una delirante remodelación de lo usos del espacio museístico contraria a los fines fundacionales de la institución; una triste realidad que el Alcalde aprovecha para apoderarse del museo y regirlo a voluntad proponiendo la creación de un espacio supuestamente más acorde con los gustos de la ciudadanía​ ​viguesa.

Hasta ahora, el tibio debate al que asistimos en los medios se ha articulado en torno a la contraposición de dos fantasías​: la del Centro de Arte de referencia en el ámbito internacional que aparentemente era el MARCO y la del museo “moderno” atracción de “cientos de miles de ciudadanos” que según el Alcalde será en el futuro; la añoranza de un tiempo​ ​largamente​ ​pasado​ ​frente​ ​al​ ​populismo​ ​surrealista​ ​de​ ​Abel​ ​Caballero.

La tasa de visitas a museos en España se situó entre los años 2014 y 2015 en el 39,4% de la población. De los aproximadamente 300.000 vigueses que hay en el censo, 118.000 visitan un museo, exposición o galería de arte al año, según los datos de la ​Encuesta de hábitos y prácticas culturales del MEC​. A razón de una visita al año, para conseguir los niveles de asistencia que nos propone el alcalde para el MARCO, literalmente habría que cerrar todas y cada una de las restantes infraestructuras culturales de la ciudad, no fuese a resultar​ ​que​ ​a​ ​alguna​ ​ciudadana​ ​díscola​ ​decidiese​ ​visitar,​ ​además,​ ​otro​ ​espacio​ ​cultural.

Tras la rotundidad del ​diagnóstico de Abel Caballero se esconde una visión megalómana de la ciudad que propone el delirio como solución para un espacio cultural que, pese a ser defendido como indispensable por los profesionales del contexto, ha ido ausentándose paulatinamente, hasta posicionarse, en su deriva formalista, de espaldas a la creación actual. El hecho de que iniciativas como el festival de autoedición ​No Tengo Mama ​se celebre en la calle trasera del museo, mientras el centro permanece vacío, dan buena cuenta​ ​de​ ​ello.

En el lado contrario del argumentario se nos describe un centro de investigación y vanguardia que había conseguido ser una referencia en el contexto internacional, afirmación que se repite en cada uno de los artículos y manifiestos escritos en defensa del MARCO de manera literal. Sin embargo ya en 2011, el propio Iñaki Martínez Antelo, director saliente del centro, ponía de manifiesto en una entrevista en ​El País que los recortes presupuestarios a los museos en España habían llegado al 50%, que el Marco estaba en una situación enormemente precaria, que había pasado de albergar 10 a 6 exposiciones al año y que la crisis impelía a replantearse la función de los Centros de Arte y su aporte a la sociedad. En realidad, el devenir del MARCO durante los últimos años no ha sido lo brillante e inmaculado que se reivindica. Al igual que muchos otros centros, su reciente gestión ha arrojado tantas luces como sombras y, en general, se ha caracterizado por las continuas reducciones presupuestarias, el recorte de funciones y la incapacidad para lograr los patrocinios necesarios, tal y como confesaba el propio director en una reciente entrevista en El​ ​Atlántico​.

Pero ​¿Por qué el modelo de Centro de Arte Contemporáneo de referencia en el ámbito internacional es, hoy, una fantasía? En primer lugar, por su inviabilidad económica pero, sobre todo, porque se trata de un modelo extemporáneo basado en la importación de grandes exposiciones que hemos visto fracasar en en más de una ocasión. Eventos que, como la exposición de Martin Creed en el MARCO o la de Jeff Wall en el CGAC, comprometen el presupuesto de las instituciones durante años y tras los que apenas quedan resultados con el paso del tiempo. Pirotecnia cultural, pólvora quemada para producir espectáculo en el interior del sueño nostálgico de volver a los gloriosos años noventa. ¿Ser Centro de Arte Contemporáneo de referencia en el ámbito internacional consiste en tener la capacidad de albergar y pagar exposiciones procedentes de las grandes metrópolis del Arte, para que cualquier ciudad de la periferia pueda sentirse orgullosa​ ​de​ ​contar​ ​con​ ​la​ ​misma​ ​oferta​ ​cultural​ ​que​ ​en​ ​el​ ​centro​ ​de​ ​Europa?

Cuando en el año 2014 el MARCO recibe por primera vez artistas en residencia, como parte del proyecto del gobierno regional y del Ministerio de Cultura de Austria ​LINZ Exports​, las diez artistas austríacas que participaron en el proyecto, con las que tuvimos oportunidad de colaborar, se quedaron francamente sorprendidos. Por una parte encontraron muy extraña la dinámica laboral del equipo del museo en el que venían a trabajar, “unos días estaban y otros no”. Aunque a las artistas austríacas nada se les indicó al respecto, sospechamos que, ya en aquel momento, la precariedad del centro había llegado a tal punto que resultaba necesario reducir el horario del personal y trabajar en días alternos. Sin embargo, por otra parte les pareció extraordinario haberse encontrado, en un lugar tan remoto como Vigo, exposiciones que un par de años antes habían visto en lugares como Viena, Frankfurt o Bruselas. Habrá quien encuentre aquí la narración épica de un centro que, pese a sus enormes problemas económicos, sigue programando a nivel internacional, para nosotras lo que destaca es el sinsentido, lo inviable y fantasioso que resultaba relacionarse con una institución empeñada en hacer ver que no pasaba nada, cuando detrás de aquel aparente estado de salud envidiable, en el interior todo estaba al borde del colapso.

Retomemos el inicio del texto y hagamos una reflexión sobre lo que está sucediendo. Nos encontramos en un momento de quiebra del concepto de «museo» como institución, no del Museo de Arte Contemporáneo de Vigo sino de los museos en general. La literatura sobre la institución museística lleva años hablando de la necesidad de profundos cambios metodológicos. ¿En lugar de lamentarnos por la situación actual y loar grandes gestas pasadas que hemos acabado por idealizar tras el paso de los años, no será más provechoso analizar el camino que nos ha traído hasta aquí y desandar lo andado si es necesario? Durante los últimos años, en vez de implicarse en la construcción colectiva de un nuevo modelo museístico en constante estado de «por venir», el MARCO ha elegido, por la vía de la constricción en tamaño y número de exposiciones, perseverar en el intento de adaptarse a un modelo dominante durante la década de los años noventa, que a la postre ha resultado ser insostenible. En lugar de cambiar las formas de hacer, el museo ha dedicado sus esfuerzos a encontrar el modo de seguir haciendo lo mismo que venía haciendo, con menos presupuesto. En la línea de los estudios culturales sobre necropolítica​, podríamos decir que la Institución ha acabado deviniendo institución Zombie; un aparato que dedica todo sus recursos a prolongar indefinidamente su existencia ​post mortem​;​ ​cuyo​ ​único​ ​fin​ ​es​ ​la​ ​autoconservación.

El desenlace que hoy presenciamos sólo puede sorprender a aquellos que, sumergidos en la fantasía del ​Tout va bien​, no han prestado la debida atención, ni a los indicios que se venían dando, ni al panorama institucional de la cultura durante los últimos años. En la última década son muchas las instituciones que se han encontrado en permanente estado de crisis, que se han abierto a la crítica institucional en un intento de re-pensarse o que han explorado nuevas formas de institucionalidad. Proyectos como ​Pedagogías y redes instituyentes​, ​¿Cómo queremos ser gobernados?​, ​Qué Grec queremos?,​ ​Pensando y haciendo Medialab o el trabajo de crítica y práctica institucional de Pedro G. Romero, son un ejemplo de la necesidad que ha habido y todavía hay, en la cultura, de encontrar nuevos modelos​ ​institucionales​ ​más​ ​abiertos​ ​a​ ​la​ ​participación​ ​y​ ​acordes​ ​con​ ​la​ ​actualidad.

No es casualidad que en septiembre de 2013, en plena crisis económica, cuando organizamos el seminario ​“Hacia una salida democrática de la crisis” ​con el fin de promover nuevas formas de institucionalidad en Galicia, tomando como referente el trabajo de la Fundación de los Comunes​, la única institución pública que rechazó la invitación a participar en el encuentro fuese el MARCO. En aquel encuentro, diseñado para proponer acuerdos de colaboración entre instituciones de muy distinta naturaleza y escala como grandes instituciones culturales, museos, espacios independientes, colectivos o asociaciones de distinta índole, la sesión inaugural contó con un análisis del estado de la cuestión que predijo con bastante certeza lo que está sucediendo hoy en el MARCO; una reducción presupuestaria, seguida de la consecuente pérdida de función social que ha desembocado en​ ​una​ ​pérdida​ ​de​ ​apoyo​ ​social​ ​y​ ​permite​ ​su​ ​intervención​ ​o​ ​cierre​ ​sin​ ​coste​ ​político​ ​alguno.

Si atendemos a una definición contemporánea de la modernidad, etapa cuyo final se sitúa con los atentados del 11 de septiembre de 2001, el modelo museístico del MARCO, su paradigma, corresponde a los presupuestos de la modernidad, no de la actualidad. El MARCO era, como tantas otras, una institución, concebida tras la efervescencia de la última década del siglo XX, que necesitaba repensarse. En su delirio visionario, Abel caballero nos propone, hoy, crear un museo moderno donde el museo moderno había dejado de funcionar; sustituir la modernidad por la propia modernidad, para cerrar el ciclo del exceso y la​ ​fantasía,​ ​y​ ​seguir​ ​en​ ​el​ ​ciclo​ ​del​ ​exceso​ ​y​ ​la​ ​fantasía.

Podemos seguir sosteniendo el espejismo o asumir que rechazar la fantasía y afrontar la realidad es la única forma de salir del laberinto. Hagámonos cargo de la situación común para​ ​poder​ ​ocuparnos​ ​de​ ​lo​ ​que​ ​queda​ ​por​ ​hacer.

Horacio González y Ania González

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