Javier Martín, esa máquina comunitaria

“Todo eso canta, suspira y resuena alrededor de su emocionado corazón”

Jacques Offenbach, Los cuentos de Hoffman, aria de Olympia

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Javier Martín no era más que un cuerpo terriblemente elegante que bailó una noche en la inauguración de la exposición “Plan de Rescate” en un local comercial abandonado del centro de A Coruña en 2012. Yo había escrito un texto para el catálogo de la exposición. Si lo recuerdo aún siento el cuerpo de Javier moviéndose entre el abundante público más íntimo que el de algunxs amigxs y amantes que aquella noche también estaban allí. No le había visto antes, no le conocía en absoluto, sin embargo, sus brazos en continua desarticulación alrededor de su cabeza eran señales muy cercanas, de sobra conocidas.

El cuerpo de Javier hablaba la lengua ausente de Lord Chandos, sus muñecas subvertían una y otra vez la doble articulación de Seassure, su espalda no era más que lingüística, su movimiento memoria del significante. Ahora que las conexiones intermitentes entre su trabajo –en constante apertura metodológica – y mi pensamiento en texto son más frecuentes lo sé, en aquel primer momento no; por eso su presencia está tan viva aquí, porque todo eso cantaba, suspiraba y resonaba alrededor de mi emocionado corazón con una duración, en la representación, que lo ha convertido hasta hoy en danza continua.

Lejos de un apunte subjetivo, lo que tiene de interesante esta primera reflexión del texto que ahora se escribe y lo que precisamente le permite seguir haciéndolo, son esas conexiones. Javier Martín y yo nos hemos ido encontrado más porque ni él es Javier ni yo soy yo, probablemente en esta pequeña coreografía textual inevitablemente organizada él sea la Olympia de Hoffman y yo el Nathanael del Lacan que se tragó a Freud. Ella una autómata que interpreta y danza a la perfección, él una sensibilidad abierta a la angustiosa e insoportable insistencia del relato.

Pero donde reside la angustia, reside el poder, es decir, la capacidad de realización de nuestras potencias. La del trabajo de Javier opera a través de la desorganización del cuerpo y de la coreografía como mecanismos de control. El suyo es un constante ejercicio de montaje y desmontaje de su propia subjetividad personal, artística, cinética y autoral que en el rigor del trabajo y en el exhaustivo esfuerzo de conocimiento y olvido que exige la conquista de una técnica ha conseguido constelar un repertorio de formas de hacer, un estilo como diría Jordi Claramonte en “La república de los fines”, con la suficiente autonomía como para que podamos ver en él máquina. Ya no hay más que ensamblarse, él lo ha dispuesto todo.

En el proceso de creación de control, su último trabajo que ahora presenta por primera vez en Galicia en el Teatro Rosalía de Castro, Javier materializa esta puesta a disposición absoluta de su saber-no-saber técnico en un programa de acciones que constituye uno de los ejemplos de programación expandida más innovadores y operativos del contexto artístico contemporáneo nacional actual. Sus decisiones pasan por la creación de un grupo de investigación abierto en el que las singularidades disciplinares configuran un diafragma portentoso, por su extrema flexibilidad y resistencia: arquitectxs, investigadoras científicas, programadorxs culturales, mediadorxs, médicxs, psicólogxs… , por la conexión entre el proceso de creación de la pieza como práctica artística con los procesos de aprendizaje más o menos académicos que se dan en el ámbito de la enseñanza secundaria y universitaria y por la cuidadosa inclusión de todo este proceso, sus formas de ocupación y sus espacios temporales en el marco de las nuevas formas comunitarias de lo político en cada uno de los contextos de proximidad en los que, control, tiene lugar.

Un tejido procesual de semejante complejidad contenido en un formato tan simple constituye sin duda una conquista en arte, eso a lo que Deleuze llamaba un acto de creación, pero lo que realmente lo convierte en algo relevante es la posición temporal de cada una de estas acciones. Todas ellas no son más que múltiples principios, la ingente organización que requieren parece darse un momento antes del acontecimiento, fuera de escena, siempre bien iluminada, etiquetada, desplegada e identificable; el control de los mecanismos de control que permitirá la posibilidad de algo realmente nuevo; la diferencia en la repetición. Es por eso que en la apertura de su práctica artística, la danza se posee de lo que la hizo ser en el principio y que inevitablemente debe olvidar cada vez que es, para poder ser: un ensamblaje maquinal radicalmente colectivo.

Aún no he visto bailar a Javier, esa máquina comunitaria, en el escenario del Teatro Rosalía de Castro pero siento ya que la potencia de esa emoción por fin no será más una catexis fascista, es decir, una carga de la energía psíquica de lo poético y lo artístico en lo privado, familiar o individual, sino una catexis de interés, es decir, una nueva forma de comunidad.

Pre-texto publicado por el proyecto de programación expandida del Teatro Rosalía de Castro de A Coruña, TRC Danza con motivo del estreno en Galicia de “control” de Javier Martín. Publicación en Issu descargable aquí.

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